viernes, 10 de febrero de 2017

14 de Enero, Cien Días de Dignidad



Por Chaco de la Pitoreta *

En el realismo mágico de García Márquez estos son cien días de soledad para el pueblo progreseño. Nos tocó enfrentar un fenómeno más duro que el del Macondo con el coronel Buendía que “Se sintió olvidado, no con el olvido remediable del corazón, sino con otro olvido más cruel e irrevocable que él conocía muy bien, porque era el olvido de la muerte”. Así le ha tocado a este pueblo, a esta gente, a esta lucha… vivir un olvido tan duro como el de la muerte.
Nos abandonó el Estado, la institución que debió estar de nuestro lado, que debió hablar por nosotros, que elegimos nosotros y nosotras. Pero el Estado en todas sus dimensiones: gobierno nacional, gobierno departamental, gobierno Municipal y diputados decidieron por el dinero, se fueron con el dinero y por ende con los que ponen el dinero. Ese Estado que como el de “Cien años de soledad” tiene la virtud de no estar por completo sino solo en el momento oportuno, es decir cuando se necesita castigar al pueblo que se revela, que le cuestiona sus actuaciones. Es decir nos abandonó el alcalde y el presidente que elegimos supuestamente, porque en el fondo la elección solo fue panfletaria, en la realidad la elección la hacen entre ellos, en la repartición del poder y sus actos de pleitesía politiquera. Juan Orlando, Alexander López y los que se alinean con ellos deben tener cuidado no sea que un día –como en aquella Macondo– ellos terminen “Extraviados en la soledad de su inmenso poder y pierdan el rumbo”. 
Nos abandonaron los medios de comunicación, bueno en el fondo confirmaron su abandono, por que ya lo sabíamos. La avaricia es tan extrema que los medios optaron por la mediocridad informativa con tal de unos ceros más en sus chequeras. Como en la Macondo de G.G.M los empresarios y sus medios de comunicación han vendido su objetividad al mejor postor y a cambio le enseñan al pueblo que “En cualquier lugar en que estuvieran deben recordar siempre que el pasado era mentira, que la memoria no tenía caminos de regreso, que toda primavera antigua era irrecuperable, y que el amor más desatinado y tenaz era de todos modos una verdad efímera”. De esa manera, creyeron ellos el pueblo no se alzaría contra ellos, no les quitaría sus cuotas de poder, no les haría pagar por su abandono.
Nos abandonó el ejército, la policía, y todo cuanto cuerpo de investigación y justicia existiera. Decidieron tomar partido por el poder, para el poder y con el poder. Porque la justicia no se hizo –al menos en esta Honduras– para los pobres, para los excluidos, para los marginales, porque ellos no pueden pagarla, no dan estatus social, ni un poco de poder que se exprese en la violencia de los unos sobre los otros. Las armas y sus armados se fueron con el Estado, con los medios de comunicación y sus dueños, y con los que operan por encima de ellos. Porque estos armados y estos operadores de justicia son cobardes, tienen miedo, le asusta la igualdad, porque en una sociedad de iguales ellos no tienen cerebro para pensar y por ende se quedan al margen.
Nos abandonaron algunos empresarios, algunos porque en la ciudad todavía hay muchos que da gusto decir son empresarios  y  empresarias progreseños. Nos abandonaron desde su condición misma y desde su organización propia. Decidieron ponerse la bandera del partido político antes que la bandera de la ciudad. Optaron por sus ganancias sucias y comprometidas que por la sociedad de iguales en las que ellos pueden ser empresarios desde los principios de la dignidad, el respeto y la solidaridad con sus consumidores. Sin embargo lo que esos empresarios no saben es que -al mero estilo de Macondo- el pueblo progreseño aprendió que ellos siempre van a “soportar con la misma estolidez el peso de los morrales y las cantimploras, y la vergüenza de los fusiles con las bayonetas caladas, y el incordio de la obediencia ciega y el sentido del honor”. Por que estos empresarios jamás serán libres, siempre serán esclavos, esclavos del dinero y de su propia ambición.
Sin embargo en estos cien días - que fuera del realismo mágico -  son cien días de lucha ininterrumpida, comprometida y sin intereses individuales, resurge la esperanza, se construye la patria, se retoma la libertad definitiva. Cien días son expresión pura de Empoderamiento pues el pueblo ha vuelto  a ser pueblo pese a la represión de las armas y el abandono de lo jurídico y las condenas de la pobreza. Cien días son Solidaridad expresada entre los que están en las calles con los que van en el carro, entre los que gritan al megáfono y los que cierran su vidrio y no pagan, entre los que resisten en la intemperie y los que se solidarizan desde sus comodidades. Entre los que nos hacemos Progreseños desde la condición de dignidad que nos supone ser la Perla del Ulúa y no la cosmética ciudad bonita que nos quieren imponer. Son, también, cien días de Perseverancia en la lucha, pese a la represión, a los insultos, a las burlas, a la o indiferencia, a los gases lacrimógenos, las balas disparadas y los hermanos y hermanas arrancadas por este sistema, sus empresarios y militares que no saben dialogar sino es con el peso de sus fusiles.
Estos cien días de soledad –en el parafraseo de Gabriel García Márquez– le han enseñado al pueblo progreseño a volver sobre su historia digna, a construirse un presente digno y a imaginarse un futuro digno. Una dignidad que como ayer y ahora será posible cuando barramos de una y para siempre con los indignos, con los que nos venden. Cuando seamos capaces de tomar a los traidores, llevarlos al paredón y cobrarles su traición y luego devolverle al pueblo lo que ellos le han quitado. Al fin que -como el coronel Buendía aprendió cuando ya estaba en el paredón de su fusilamiento-  el pueblo progreseño sabe “El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad”. En donde los traidores no tienen cabida.
* Poeta y Gestor Cultural

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